miércoles, 30 de junio de 2010

Ultra Trail Andorra 2010 Episodio Final

Desde que me decidí a participar en pruebas de larga distancia siempre he tenido en cuenta a la hora de elegir cual de ellas hago, una cosa que mi amigo y primer profesor Kim Forteza con su habitual sabiduría me dijo hace unos años: “Paco, los objetivos siempre tienen que ser alcanzables”, pero lo que no me dijo es cómo saber cuándo un objetivo es alcanzable. Me di cuenta que el conocimiento de lo que significaba alcanzable o no alcanzable, sería parte de mi propio crecimiento como entrenador y deportista recreacional y en definitiva como profesional de la labor que en la actualidad desarrollo. Finalmente llegué a una conclusión y esta no es otra que, “Más vale estar preparado y que no llegue el momento a que te llegue el momento y no estar preparado, pero nunca sabrás si estás preparado si no vas y lo haces”.

Hay factores que hacen que un objetivo deportivo sea alcanzable y entre todos ellos podemos destacar los siguientes: programación, entrenamiento, descanso, conocimiento de la prueba, timming nutricional y preparación sicológica o lo que todos llamamos “tener cabeza”. A este último se le da muchísima importancia en las pruebas de larga distancia, pero en este caso y para ser finisher de la Ultra Trail de Andorra no hace solo falta cabeza, hace falta algo más y si no piensas así estás equivocado. Llevo no solo en mi cabeza, sino también en mis brazos y piernas una buena cantidad de pruebas de larga distancia, entre las que se encuentran los 500 kilómetros en bicicleta de carretera “Reto México DF a Acapulco 2005” rodando la mayoría del recorrido por arriba de los 1500 metros de altitud y llegando incluso en ocasiones a los 3500, “Quebrantahuesos” la famosa cicloturista de más de 200 kilómetros con cuatro exigentes puertos de montaña alguno de ellos habituales en el Tour de France, “La Bocaina” una travesía a nado de 15 kilómetros entre Playa Blanca y Corralejo o lo que es lo mismo desde la costa de Lanzarote a la costa de Fuerteventura en pleno Océano Atlántico, “Maratón de Montaña Isla del Meridiano” en el Hierro y la Transvulcania en La Palma. Con todas las experiencias que he vivido en estas pruebas, puedo decir en voz alta y con total certeza que la Ultra Trail de Andorra a punto estuvo de descubrirme lo que puede ser un “objetivo inalcanzable”.
 
Mi primer contacto con la Ultra Trail de Andorra fue el año pasado, justo al acabar el Maratón del Meridiano en la Isla del Hierro. Fueron tan buenas sensaciones que me dejo esta prueba que al día siguiente ya buscaba en internet alguna que se adaptara a mis objetivos y esta no fue otra que la Ultra Trail de Andorra. La edición del año pasado y que por cierto era la primera edición, no la pude hacer debido a una inoportuna lesión, por lo que no me quedó más remedio que posponer mi participación a este año con el punto a favor de que la organización me dio la posibilidad de mantener mi inscripción, teniendo que abonar solamente la diferencia en el aumento de la cuota de un año al otro. Por una parte mi decepción de no poder participar se quedó en mera anécdota después de leer las crónicas que de allí llegaron y que hablaban de una durísima prueba con recorte en su recorrido en algo más de 30 kilómetros debido a la fuerte tormenta de lluvia, granizo, nieve y viento que por allí cayó. Hubo una criba enorme en el número de finishers y solamente unos 100 de casi 600 fueron capaces de cruzar la línea de meta. Suerte la mía, porque soy más tipo “Lagarto” que “Oso Polar”
 
La Ultra Trail de Andorra sería definitivamente mi único objetivo en el 2010 y hacia el irían destinados toda mi planificación de entrenamiento que me permitiera mi apretada agenda laboral y mis obligaciones familiares. Como acostumbro a decir, “dar la vuelta al mundo en una bicicleta estática me acerca a muchas cosas pero también me aleja de otras tantas” por lo que disponer del tiempo necesario para el entrenamiento específico de esta prueba ha sido complicado, pero que al mismo tiempo todo esto me ha servido para descubrir que un entreno en la justa medida del tiempo y la intensidad hace posible alcanzar el estado de forma necesario. La clave está en tratar de no equivocarte y tener claro hasta donde quieres llegar, cuando quieres llegar y cómo quieres llegar.
 
A pocos segundos del primer minuto del Sábado 26 de Junio, la temperatura era ideal, el ambiente como suele ser en estos casos estaba en su punto máximo y cinco “chichas”, Rocha, Arturo, Javi, Susana y yo ya estábamos en Ordino lugar de la salida, junto a otros 600 a punto de dejarnos acompañar durante unas horas bajo la luz tenue pero hermosa de una luna llena impresionante y más delante de unas largas horas bajo un prometedor día soleado. Atrás quedó el siempre ajetreado día de recogida de dorsales, obsequios y alguna que otra miradita cruzada con o sin mala intención, que fue minimizado con una tarde relajada en casa de mi amiga andorrana Conxi junto a Alvarito, un “chicha” que trabaja en el principado y Rubén otro ultra que Conxi entrena. Nos alegramos de la victoria de España sobre Chile al mismo tiempo que dábamos buena cuenta de un apropiado aporte nutricional. En ese momento di mi particular pistoletazo de salida a la prueba y con la certeza de que ya había cargado durante los días anteriores mis almacenes corporales de energía a base de hidratos de carbono, decidí que mi aporte nutricional para las primeras 5 horas de prueba durante la noche, tendrían que mantenerme en alerta y bien despierto por lo que me preparé una buena ración de proteínas en forma de tortilla de 6 claras con 2 yemas acompañada con una pequeña porción de compota de manzana. Esto junto con la cafeína que aporta el gel de Cliff “Hot Expresso” justo unos momentos antes de la salida, era lo que necesitaba.
 
Con mi mochila de peso ultralight y sin camelbag (no soporto el sabor a plástico, lo siento y menos chupar por pitorrito), equipada con dos botellas de 750ml situadas a la altura mis pechos una con Viper de Maximuscle una genial bebida de vitaminas, minerales, hidratos y proteínas estos dos últimos en una proporción 4:1, junto con algún que otro plátano cortadito en trozos pequeños, unas galletitas maría con dulce guayabo receta de mi viejita y recomendación de Domingo de “Bicistar”, unas cuantas dosis más en bolsitas de “cierre fácil” de Viper y Recovery otra excelente bebida de Maximuscle alta en l-glutamina, 4 geles de sabores variados de la marca americana Gu (los que mejor asimilo) que contienen una ración equilibrada de BCAA (Aminoácidos de Cadena Corta) y 4 pastelitos en forma de barrita energética de la formula especial (Jarabe de agave, cúrcuma para reducir inflamaciones, arándonos como antioxidante y pasta de dátiles) creada por mi amigo Giovanni Camoranni, uno de los mejores biomecánicos y entrenadores de ciclismo en Italia, llegó el momento de la salida. No quiero que pienses que llevaba mi espalda supercargada de peso, todo lo contrario, no creo que llegara a los 4 kilos que poco a poco se fueron eliminando a medida que caían los kilómetros y por tanto las horas.
 
Una ópera a todo volumen de cuyo nombre o melodía no recuerdo, anunciaba la llegada del momento cumbre y cuando esta acaba seguidamente se da paso a la salida neutralizada de apróximadamente 600 metros por asfalto. A partir de ahí el asfalto ya no lo volveríamos a pisar hasta muchas horas después, justo a unos 600 metros de la llegada. Javi, Arturo y Rocha salieron con un ritmo muy bueno, quizás un poco alto para mí pero por el momento me sentía cómodo. Como bien dice Marco Olmo en su DVD, a partir de cierta edad solo tenemos una posibilidad a la hora de la salida y esta no es otra que adaptarnos a nuestro ritmo, por el contrario los mas jóvenes disponen de dos posibilidades, ir a su propio ritmo o salir más rápidos, más explosivos buscando una posición privilegiada desde el primer momento. Esta vez y a pesar de tenerlo muy meditado, salí a un ritmo superior al mi ya que mi idea era la de hacer la primera subida con Javi, Arturo y Rocha ya que a partir de la primera bajada lo más seguro es que se me perderían de vista y es que lo de bajar no es lo mío.

Muchas veces habrás escuchado que las cosas ocurren porque tienen que ocurrir y yo que casi nunca me lo creo, esta vez no me queda más remedio que aceptarlo. A los dos kilómetros del comienzo de carrera, se me abre la cremallera de la mochila y comienzan a caerse con mi paso acelerado varios de los “tesoros” que estaban en ella entre los que se encontraba mi bandera de estrellas verdes con la que quería entrar en meta. Medio despistado y después de escuchar varias veces los avisos de los que venían por detrás, pude pararme y tratar de recoger todo lo que pudiera o me dejaran y es que no es fácil caminar al contrario de alrededor de 600 personas a toda marcha. Rocha, Javi y Arturo ya estaban en paradero desconocido, a Susana la oí gritar mi nombre cuando yo me disponía a girar el sentido, retomar la marcha y ajustarme a mi ritmo de crucero. Nunca lo podré saber, pero esto que me paso fue quizás la clave para acabar la prueba, no malgastar mis energías en los tan importantes primeros kilómetros y primeras horas. No sé qué mano abrió mi mochila, pero sea quién fuera, ¡Gracias!
 
Después de unos primeros kilómetros de terreno en pista tirando ligeramente hacia arriba, llega el primer ascenso, el “Clot del Cavall”. Para alcanzar la cima teníamos que recorrer aproximadamente una distancia de 12 kilómetros por un sendero bien señalizado pero muy estrecho en sus primeros 6 kilómetros que hacía imposible cualquier adelantamiento. Conxi y Alvarito ya me habían advertido que durante muchas fases del recorrido me iba a encontrar con nieve por lo que me recomendaban llevar bastones. Sinceramente no me gusta llevar bastones, pero al ver como me lo recordaban una y otra vez no me quedo más remedio que hacerles caso y comprármelos. Tuve mis dudas pero he de decir que me ayudaron muchísimo en estos primeros tramos de nieve incluso teniendo en cuenta que no estoy acostumbrado a usarlos.
 
Después de cruzar y meter los pies en charcos, pequeños riachuelos y algún que otro recuerdo de vaca o caballo pirenaico, se notaba que la altura ya estaba siendo considerable, no solo por la sensación al respirar, sino por la temperatura. Ya cerca de los 2600 metros las zonas con nieve comenzaban a tomar protagonismo, bueno para ser más exactos más hielo que nieve lo que suponía dos pasos adelante, centímetros de resbalón hacia atrás y zas al suelo. Esto me paso pocas veces gracias a los bastones que me compré el día anterior, pero si que vi a alguno de los participantes rodar hacia abajo y a una velocidad considerable. En este momento con mi ritmo de crucero en subida totalmente asimilado me encuentro a Rocha solo, por lo que se ve Arturo y Javi se habían distanciado. Algo me decía que no debía de ir bien con él conociendo sus capacidades mentales y condiciones físicas, por lo que bajo el ritmo me pongo a su lado y le pregunto que le pasa. Rocha me comento que no cogía el ritmo y estaba en un momento de pausa pero no crítico. Sus primeras palabras fueron que siguiera y que no me parara, pero yo le contesté que no, que más importante para mi era en esos momentos activarlo que seguir adelante haciendo mi carrera, que los primeros puestos y los trofeos y premios en metálicos ya están adjudicados. Sinceramente sigo pensando que es increíble como Rocha es capaz de desafiar las bajas temperaturas de la noche con una camiseta de mangas recortadas a la altura de sus hombros y unos pantalones cortos por arriba de las rodillas. La cantidad de energía que el cuerpo tiene que generar para mantener la temperatura corporal podría pasarle factura en el desarrollo de la prueba, por lo que le ofrecí algo de abrigo con un cortaviento que llevaba en mi mochila. Según él el frío no era el problema, por lo que decidí buscar otra opción y que no fue otra sino parar la marcha para que se hidratara y tomara un gel “Hot Expreso” de Cliff. Unos minutos para asimilarlo y volvimos a la carga. Adaptamos el ritmo al momento y lugar y en unos 30 minutos más ya coronamos el “Clot del Cavall”.

En ese mismo instante y percatándome que Rocha ya estaba recuperado le dije que bajara a su ritmo y no esperara por mi, que ya en el próximo avituallamiento o en la próxima subida nos veríamos. El no quería, pero yo le insistí y finalmente se fue. Como ya dije antes, las bajadas no es mi fuerte y en verdad es que no me apetece tomar ningún tipo de riesgos más teniendo en cuenta que mi cuerpo es mi principal herramienta de trabajo. Y bien que acerté a no tomar riesgos porque los 600 metros verticales de descenso fueron infernales con el agravante de la oscuridad, a pesar de los excelentes lúmenes que el frontal que mi amigo Carlitos “Fonteide” me prestó antes de dejar la isla. Un par de peligrosos resbalones pero la seguridad que el entrenamiento de propiocepción en el “BOSU” y la “POWER PLATE” me han dado estaban haciendo su trabajo. Pero en una de estas no tardó en llegar el primer contratiempo de la prueba y voy y coloco uno de los bastones en el lugar inadecuado y me lo cargo, por lo que no me queda más remedio que seguir con un bastón intacto y el otro totalmente inutilizable. No era cuestión de dejarlo tirado en plena naturaleza. Además lo que realmente me fastidiaba era comprobar como a las pocas horas de su uso, 80€ se habían esfumado. Intentaría que mis amigos andorranos le “lloraran” al dependiente a la tienda y por lo menos me dieran unos nuevos, pero me temía que esto no iba a ser posible. Menos mal que el descenso ya estaba a punto de terminar y por lo menos ya hasta el primer avituallamiento tendría unos 5 o 6 kilómetros de falso llano.
 
Debido a mi ritmo en bajada, toda la distancia que me quedaba hasta el primer avituallamiento lo hice completamente solo por un sendero muy estrecho entre arboles y demás especies autóctonas de la zona. Fueron más 30 minutos de soledad en un lugar desconocido y en la oscuridad total de la noche. Nadie cerca por delante, nadie cerca por detrás y entre árbol y árbol en ocasiones podía distinguir algunos frontales y escuchar el ruido de algún bastón mal dirigido hacia una piedra en el camino. La perfecta señalización por parte de la organización me ayudaban a no perderme que sino todavía estaría dando vueltas por los interminables valles del Principado. Llega el primer momento de duda, quizás el primer momento de desconcierto, quizás el primer momento de miedo y la típica, clásica e inoportuna pregunta a las casi 3 horas de carrera aparece por arte de magia: ¿Qué coño hago aquí? No tardé en reaccionar y la respondí con la determinación característica del que aún dispone de la fuerza mental intacta por lo que seguí adelante dispuesto a devorar kilómetros llenos de aventura.
 
Llegué al primer avituallamiento ligero, situado en el kilómetro 16. Cargo agua y relleno mis dos botellas, tomo un vasito (ecológico) de Coca-Cola, unos orejones y un gel y a por la segunda subida, el temido “Col de Comapedrosa” con algo más de 3000 metros de altitud. Había que superar casi 1000 metros de desnivel y ya nos habían hablado de su dureza durante la reunión previa a la prueba. Razón tenían los que nos avisaron por que el ascenso al “Col de Comapedrosa” se me hizo interminable. La dureza del terreno más parecido a una pista americana que a un sendero de montaña estaba lleno de obstáculos como la temida nieve, arenilla y la piedra pirenaica que a veces me recordaban a nuestras típicas escolleras como la de “Ligrasa” en Santa Cruz o cualquier refugio de puerto pesquero en nuestras islas. Con un solo bastón y con mi ritmo de paso controlado en ascenso, me fui a conquistar lo que por momentos me llegó a parecer una auténtica utopía. En pleno ascenso por la “escollera” pirenaica oigo una voz que me llama por mi nombre, era Arturo. El primer descenso le había hecho resentirse de una lesión en una de sus rodillas que tuvo la semana anterior a la prueba por lo que había bajado el ritmo para recuperarse y no forzar. Aproveché para preguntarle por los demás y me dijo que Javi estaba a mucha más distancia y que Rocha se encontraba un poco más adelante. Le dije que me siguiera e intentáramos cogerlo para así ir los tres juntos. A los pocos minutos vimos a Rocha y ya nos pusimos a su lado. Rocha exclamo: “Paco, no me puedo creer que ya estás aquí, o tu vas como una moto o nosotros vamos muy lentos”, “Rocha, ya sabes que en las bajadas me acojono pero subiendo me encuentro mejor, así que vamos a subir este puerto juntos y ya después veremos lo que pasa”. Y así fue como coronamos el “Col de Comapedrosa” no sin antes tener que subir unos 50 metros de terreno nevado y helado con la ayuda de una cuerda bien tensada por un grupo de montañeros. En ese momento me dije, ¿Esto qué es una Ultra Trail o una escalada al Everest?
 
Nos dispusimos a descender hacia el próximo avituallamiento que estaba situado en el kilómetro 23. Ya amanecía y fue durante este descenso donde encontramos mucha más nieve, más que la que habíamos visto hasta ahora pero con el agravante de que estábamos bajando, así que te puedes imaginar la escena. Otra vez nos teníamos que ayudar con cuerdas colocadas estratégicamente por la organización y es que sin ellas corrías el riesgo de caer unos metros más abajo en un lago que no te quiero decir ni por supuesto comprobar lo helado que estaría. En uno de esos espacios con nieve lo tuve claro, me acordé de que tenía una bolsa de plástico en mi mochila, la saqué me la puse donde tu imaginas y me hizo recordar mis mejores momentos en montaña Mostaza cuando la nieve cae en el Teide. Arturo se partió de la risa y Rocha ya estaba en paradero desconocido.
 
Ya en el avituallamiento volvimos a encontrarnos con Rocha y los tres nos dispusimos a ir juntos a partir de ese momento. Rocha y Arturo me ayudarían en la bajada y yo aportaría mi parte en las subidas y llanos, estos últimos compartidos con Rocha. La rodilla de Arturo mejoraba y está era por el momento la mejor noticia que podíamos tener. Y fue de esta manera como coronamos “Portella San Fons” y “Port Negre” bajando a continuación al próximo avituallamiento en el kilómetro 30. Al llegar a esta zona y si mal no recuerdo eran algo así como las 0700 de la mañana y según nos decían los voluntarios, los primeros ya nos sacaban como unas 3 horas, y en ese momento no me quedo otro remedio que agradecerles sus oportunas palabras de ánimo. Esta era la anécdota, ya que lo verdaderamente importante era llenar nuestros depósitos de líquidos y nuestros cuerpos y mochilas de nutrientes para volver a retomar el camino. Unos trozos de plátanos y unos dátiles naturales no confitados fueron mi elección. Ajuste del “equipaje” y a rodar por unos 5 kilómetros de llano y falso llano hasta el “Bony de la Pica” a 2400 metros de altitud, el próximo ascenso que en principio parecía fácil. El ritmo impuesto por Rocha y en ocasiones por mí era buenísimo y Arturo no sentía para nada molestias en su rodilla, así que tocaba disfrutar y sobre todo comprobar una vez más la inmensidad de los valles andorranos.
 
Coronamos el “Bony de la Pica” sin problemas y por delante teníamos un descenso de casi 10 kilómetros hacia el primer avituallamiento con comida caliente. Nos disponíamos a bajar un desnivel de 1400 metros y ya te puedes imaginar que clase de descenso nos esperaba. Tengo que decir que para mi este fue otro de los momentos cruciales de la prueba. A plena luz del día y con los rayos de sol comenzando a hacerse sentir en nuestra morena piel, nunca me imaginé que con mi desconfianza a la altura pudiera estar haciendo lo que hacía y que no era otra cosa que bajar unos metros agarrado a una cuerda y a continuación rodear una piedras agarrado a unas cadenas hasta poner mis pies en el sendero de bajada. “Uff” me dije, “si paso esto, de verdad que ya lo que venga no me va a asustar para nada”. Y como tres “reptiles”, Arturo, Rocha y yo en este orden ya estábamos sanos y salvos bajando a una buena velocidad hacia la Margineda, que además de avituallamiento, era el primer punto de control de eliminación, donde por cierto cayeron eliminados 250 participantes por llegar fuera de control. También se produjeron los primeros abandonos ya sea por que no podían más o porque lo tenían pensado al ser esta una posibilidad que daba la organización.

Arturo tomó el mando en el descenso, yo me puse entre él y Rocha y la bajada que no era cómoda la hicimos como dije anteriormente a un buen ritmo. Decidí pisar donde pisaba Arturo, pensaba que si el no se caía yo tampoco lo haría y así fue como comenzó mi primera lección de descenso con el “maestro” Arturo. Hasta el propio Rocha se sorprendió del ritmo que llevábamos. Un pequeño llano en esta interminable bajada y volvemos al vértigo. Sorprendentemente Rocha se iba quedando atrás, lo que nos desconcertaba a Arturo y a mí sabiendo lo bien que él baja. No le dimos importancia, ya teníamos a pocos metros el avituallamiento y allí retomaríamos las fuerzas necesarias para afrontar lo que se nos venía arriba. Por el camino encontramos a uno de los fotógrafos oficiales de la prueba al cual tuvimos tiempo de saludarlo y echarle una sonrisa. Finalmente llegamos a Margineda, kilómetro 45.

El lugar era un Pabellón deportivo, por lo que al estar equipado con duchas, muchos de los que continuaban decidieron tomarse un refresco muy bien merecido. Nosotros decidimos mojarnos la cabeza y a continuación degustar lo que allí había. Durante los kilómetros anteriores tuve la oportunidad de llamar a casa y a algunos amigos para contarles lo que pasaba. Mi familia, Carlitos “Fonteide” y Cris estaban al tanto de cómo me encontraba. Conxi ya en su puesto me voluntaria avisó a Alvarito de mi llegada a Margineda por lo que en unos minutos lo tuve por allí. La alegría que nos llevamos fue inmensa, siempre escuchar el acento “Chicha” en momentos como el que estábamos viviendo es de agradecer. Después de que Rocha y Arturo degustaran una ración de arroz, nos dispusimos a seguir adelante. Yo me tenía que mantener al margen, mi condición de vegetariano me hace desconfiar de la preparación de algunos platos, por eso tengo muy complicado los puestos de avituallamiento con alimentos cocinados.
 
Aún nos quedaban 5 picos de montaña por ascender y unos 70 kilómetros más de recorrido. Eran aproximadamente las 0930 de la mañana del sábado. En ese momento decidí mirar mi Suunto T6c y en honor a la verdad ya solo lo volví a mirar para saber la hora ya que después de ver los datos mejor tener otras referencias a nivel de percepción corporal. Las 148 ppm de media de Frecuencia Cardiaca y las casi 9000 calorías me asustaban y ya me veía con un gasto calórico final de cerca de 30000 calorías. Finalmente no me hizo falta no mirar más al Suunto ya que sorprendentemente la memoria se acabó a las 14 horas. Lo más probable es que estuviera grabando muchos datos innecesarios.
 
Estábamos a unos 1000 metros de altitud y teníamos por delante el ascenso más largo, el “Coll Bou Mort” con casi 15 kilómetros y 2500 metros de desnivel, ¡ahí es nada! Rocha decidió en este momento que nos adelantáramos Arturo y yo, que el estaba recuperando fuerzas y aún no se encontraba del todo bien. Nosotros nos negábamos, pero ante su insistencia no nos quedó más remedio que seguir adelante. Quedamos en vernos como mínimo en el próximo avituallamiento, porque estábamos seguros que pronto la fortaleza de Rocha volvería a aparecer y nos reagruparíamos una vez más. Hacía mucho calor y esto dificultaba el ascenso a pesar de que estábamos en lo que podíamos llamar nuestro hábitat habitual, el sol y la buena temperatura de las islas. Me puse delante y tiré de Arturo con un ritmo cómodo hasta la cima. Este era otro momento crítico de la prueba, un ascenso que sin lugar a dudas iba a suponer una auténtica criba en muchos participantes, y así fue. Aquel que se pasara comiendo en el avituallamiento anterior lo iban a pagar caro y por el contrario aquel que no hubiera repuesto fuerzas también. Había que encontrar el equilibrio y creo que Arturo y yo lo conseguimos, pero a pesar de ello llegamos con las energías tocadas que no hundidas y aún con 5 interminables kilómetros por recorrer hasta el próximo avituallamiento. Antes de llegar allí un ligero descenso y un llano que aproveché para dan rienda suelta a mis primeras necesidades fisiológicas importantes.
 
En el avituallamiento situado en el kilómetro 55 nos caen las primeras gotas de lluvia y nos avisan de que una tormenta esta a punto de llegar. Se cumple aquello de que en la alta montaña el tiempo puede cambiar de un momento a otro. No se si aturdidos por las noticias, unos quince participantes que estaban por allí decidían abandonar. Nosotros repusimos fuerzas, nos recuperamos y se nos unió Albert que por cierto más adelante sería uno de mis compañeros de viaje en las últimas 10 horas de prueba. Con él llegamos hasta “Collada Maiana” a 2400 metros de altitud y de ahí hasta el próximo punto de avituallamiento en el kilómetro 65, que como siempre coincidía con una casa refugio. Seguíamos sin noticias de Rocha, pero teníamos la esperanza de que volviera a unirse a nosotros. Tampoco sabíamos nada de Javi ni de Susana.

La lluvia y el sonido atronador de los relámpagos nos acompañaban en esos momentos, yo notaba a Arturo totalmente recuperado y su labor en los deslizantes descensos era genial, una ayuda que siempre le agradeceré porque el tiene buena parte de culpa de que pudiera seguir manteniendo el ritmo. Vuelvo a decir que he aprendido muchísimo de él, de su manera de afrontar las dificultades del descenso y de cómo apoyar el pié en el sito ideal y momento preciso. ¡Gracias Arturo!.
 
Abandonamos el refugio y nos fuimos a coronar “Collada Pessons” del que también nos habían dicho que estaba lleno de dificultades. Y no se equivocaron o mejor no nos engañaron ya que con el agravante de la lluvia, viento y niebla Arturo y yo junto a Víctor que se nos unió en el ascenso y que al igual que Albert también me acompañaría en las últimas 10 horas de prueba. Coronamos y lo que venía no era fácil, lo llamaban el descenso más técnico de todos los de la prueba. Ante lo que se avecinaba más adelante, tengo que decir que tanto Arturo como yo habíamos roto los bastones y prácticamente desde el kilómetro 20 estábamos haciendo la prueba sin ellos. El descenso fue lento y entre la nieve que volvió a aparecer, finalmente pudimos llegar abajo, a un terreno que de sendero tenía muy poco y que se reducía a caminar entre piedras y piedras muy bien afiladas por cierto y pequeños lagos o charcas muy frías . A estas piedras yo les bautice con el nombre de “Piedra Pome pirenaica”, con la salvedad que esta resbalaba y en cualquier momento que no afinaras te ibas al suelo. Más adelante nos confirmaban que mientras nosotros subimos “Collada de Pessons” la prueba había estado un tiempo neutralizada por el mal tiempo, pero no nos pudieron avisar antes de nuestra salida del refugio. Así que unos cuantos estuvimos a merced de las condiciones climatológicas en una de las más complicadas subidas y bajadas de la prueba.
 
A pesar de esto y desconociendo si el ritmo lo estábamos aumentando o los que iban por delante lo bajaron, pero es cierto que empezamos a alcanzar a varios participantes durante el descenso hacia el kilómetro 75, donde había otro puesto de avituallamiento y que servía también como control de llegada y al mismo tiempo retirada obligada para algunos. Al llegar allí nos avisan del “descalabro” de la carrera. Estábamos entre los 70 primeros y ya solo en carrera había aproximadamente unos 100 participantes de los 600 que empezaron. Arturo llamaba a Rocha y este le decía que estaba ya en pleno descenso hacia donde nosotros estábamos. Eran las 0900 de la noche y haciendo cálculos Arturo y Rocha corrían el riesgo de no llegar a tiempo a Ordino para bajar a Barcelona y coger su vuelo de regreso. Javi el más fuerte de todos estaba muy adelante aunque no teníamos noticias de él estábamos seguros que si llegaría a tiempo. Realmente estábamos pasando por un momento lleno de incertidumbre.
 
Arturo decidía esperar a Rocha pero yo interpretando esto como que allí se produciría su retirada le dije que seguiría adelante, que yo quería acabarla, que no deseaba quedarme un año más esperando a volver a intentarlo, me aturdía la idea. Intenté convencer a arturo para que continuara, que lo de perder el vuelo era lo de menos, que llegar a donde había llegado era suficiente razón como para no abandonar y seguir la marcha, pero esto no tuvo el efecto por mi esperado y he de confesar que erré en mis habilidades de convicción. Arturo me aseguró que tanto el como Rocha se iban a retirar por el temor a llegar demasiado tarde a ordino y no poder enlazar con el vuelo de Barcelona a Tenerife y me animó a que yo si la acabara. En esos momentos tengo que decir que mi pena fue inmensa ya que eran enormes los deseos que tenía de llegar junto a mis paisanos y compañeros de viaje, pero ya me di cuenta que no podía ser, que a partir de ahí me quedaban casi unas 10 horas de posible soledad en la montaña y en la noche. Estaba quizás ante el desafío personal más duro al que jamás me había enfrentado y quizás ante el objetivo inalcanzable. En algunos momentos llegue a pensar que yo si que había descubierto dónde está el límite.
 
Había alcanzado el kilómetro 75 con unas sensaciones extrañas que no acertaba a descifrar, pequeñas ligeras nauseas hacían su aparición, pero no venían acompañadas de desvanecimientos y descontrol, por lo que intuí que estaba cerca del típico bajón energético. No podía ser otra cosa, casi 24 horas de prueba y si la progresión del gasto energético seguía intacta, ya estaría cerca de las 20000 calorías consumidas. No creo que hubiera comido tanto durante esas horas a pesar de mi disciplina a la hora de cumplir con el timing nutricional por mí planificado, por lo que seguramente mis depósitos ya estarían a punto de vaciarse. Era consciente de lo difícil y lo que tardaría en llenar esos depósitos, por lo que llegaba el momento de rearmar la mente y la situación y me dispuse a tomarme el tiempo en comer con inteligencia. Arturo me tranquilizaba sobre Susana, se había retirado en el kilómetro 45 y nos estaba esperando en Ordino. Yo buscaba alianzas, no había más remedio si quería acabar la prueba. Albert, al que había conocido antes estaba solo y Víctor también se había quedado sin compañero, por lo que decidimos lanzarnos juntos a la aventura.
 
Ahí estábamos los tres, subiendo en plena noche el “Pas de Les Basques” de 2600 metros de altitud y con un desnivel de 500 metros desde el punto donde salimos. Albert giraba de vez en cuando su cabeza y se deba perfecta cuenta del esfuerzo extra que me suponía subir sin bastones y me ofreció uno de los que el tenía. Yo le dije que no, pero el me contestó que esta era la primera vez que llevaba dos bastones, que estaba acostumbrado a utilizar solo uno, por lo que acepté su ofrecimiento y no tengo otra cosa que decir que esto me ayudó muchísimo a lograr el objetivo. La subida era durísima y no íbamos por un sendero “oficial”, sino que era un camino improvisado por los organizadores. Siguiendo las indicaciones llegamos a la cima y allí escucho mi nombre con fuerza, era mi amiga Conxi en su puesto de control como voluntaria. Conxi junto a Mar me tenían reservado para mí el mejor regalo de la noche, un REDBUll Light que me daría las alas necesarias para cumplir perfectamente el descenso hacia el kilómetro 84.
 
Durante el descenso se nos unió Juan Carlos un auténtico devorador de este tipo de pruebas todo el planeta logrando ser finisher en todas ellas y que además es profesor de ciclismo indoor. A su pregunta de donde era, le dije que canario, de la isla de Tenerife, a lo que seguidamente me contesto que alguna vez había coincidido en convenciones de fitness con un canario que es profesor de ciclismo indoor y que trabaja dando cursos por el mundo y que también se llamaba como yo, Paco. Bueno, aquí llega el momento “chachi” del día que me hizo partirme de la risa y al mismo tiempo sorprenderme por las casualidades que tiene la vida, por lo que le dije, “Pues aquí delante de ti tienes al Paco que te refieres”. No se lo podía creer, bueno ni yo tampoco, que en un lugar como este hayamos coincidido y es que el mundo es un pañuelo y a veces da la sensación de que ni somos tantos los que pensamos que somos ni es tan grande como parece.
 
Llegada al control y puesto de avituallamiento y allí me encuentro a Javi bien tapadito con una manta montañera que no esperanzera, evitando el frío de la noche. Me sorprende verlo allí ya que esperaba que en esos momentos estuviera mucho más cerca de la meta. Me cuenta que había decidido abandonar, que no quería arriesgar y que cualquier contratiempo le evitara llegar a tiempo para coger el avión. Intenté convencerle para que siguiera, que había más vuelos, que se podía ir un día más tarde conmigo y que ya había recorrido mucho camino para retirarse ahora, pero no quiso seguir, lo tenía totalmente decidido y ya se lo había comunicado a Arturo y Rocha por teléfono. A partir de ese momento era el único “chicha” que quedaba en carrera, Javi me había confirmado la retirada de Rocha y Arturo y la de Susana ya lo sabía. Me despedí de Javi y junto a mis tres nuevos compañeros me dispuse a afrontar lo que sería una noche larguísima.
 
Por delante dos exigentes picos, la “Cresta Cabana Sorda” de 2600 metros de altitud y la “Collada Dels Meners”, el ultimo escollo antes de tomar el descenso que nos llevaría a Ordino. La distancia a la llegada era de 26 kilómetros pero había que superar aún mucho desnivel y muchas dificultades. Si a esto unimos el agotamiento por la falta de sueño, era la segunda noche sin dormir, el frio y demás factores, la empresa se hacia harto complicada, pero llegar hasta donde habíamos llegado significaba mucho. Con todo esto logramos desafiar con éxito los primeros 800 metros de desnivel de ascenso y después 400 metros de desnivel de descenso, para seguir a continuación con otros 400 metros de desnivel de ascenso para finalmente coronar la última cima. Durante ascenso y descenso nos enfrentamos a muchas más dificultades y eso que nos habían dicho que la primera parte de la prueba era la más dura, pero no se si debido al tiempo y al cansancio acumulado, esta última parte fue durísima. Descensos muy técnicos y la nieve que volvía a tomar protagonismo. Por momento tuve la sensación de que esta prueba suponía un “nunca acabar” y he de reconocer que la ultima cima se me atragantó muchísimo.
 
Finalmente con los primeros rayos de sol y con casi 30 horas de prueba en nuestros cuerpos coronamos la “Collada del Meners” donde dimos rienda suelta a nuestra alegría contenida pero sin pasarnos en la euforia, ya que aún teníamos por delante unos 1400 metros de desnivel en 14 kilómetros de distancia de los que aproximadamente 3 kilómetros eran de descenso técnico hasta el ultimo avituallamiento y punto de control. Sinceramente ya estaba harto de los llamados descensos técnicos y tenía la esperanza de escuchar de una vez por todas algo así como “llano fácil hasta la llegada”.

Hasta el avituallamiento decidimos bajar los cuatro juntos, allí Albert y Víctor se separaron de nosotros ya que tenían algo más de prisa por llegar al tener a sus familiares esperándolos en la llegada. Juan Carlos con ampollas en sus pies y yo con algunas molestias en mi rodilla izquierda, no quisimos arriesgar y decidimos hacer los últimos 10 kilómetros hasta la llegada en Ordino caminando. Preguntamos a que hora era el cierre de control y aún teníamos casi unas 8 horas, así que nos calmamos ya que el tiempo y el puesto eran en ese momento lo de menos. Y que 10 Kilómetros que hicimos, casi 3 horas, si si 3 horas, pero que momentos tan felices, sin duda los mejores de la prueba. Disfrutamos del paisaje, hablamos de la familia, de nuestras cosas, de la vida, en definitiva de todo lo que nos ocurría y claro aunque parezca mentira ya estábamos haciendo planes para hacer algo juntos en el futuro, por ejemplo la UTMB (Ultra Trail Mont Blanc de 166 kms), vaya par de “masoquistas”. Durante el “paseo” nos adelantaba algún que otro participante y nosotros con un humor impropio del momento descontábamos un lugar en la clasificación. Así hasta que nos pasaron como unos 14 o 15 que finalmente nos dejaron en el puesto 84 y 85 de la general de los 96 supervivientes de 600 que empezaron la prueba.
A falta de 3 kilómetros se nos unió Conxi que ya había regresado se su puesto como voluntaria, para hacer junto a nosotros el último tramo de la prueba, lo que supuso que Conxi nos diera el último “empujoncito” junto a Alvarito que por allí también estaba. Era impresionante las muestras de cariño de toda la gente que nos íbamos encontrando en el camino hacia la meta y como ellos mismos reconocían, llegar ya es una victoria. He de confesar que tanto Juan Carlos como yo en esos momentos empezamos a sufrir de lo que creo llaman “mal del sueño” y tanto fue así que incluso creo que nuestras emociones pasaron a un segundo plano y eso que yo soy el típico de “lagrima” fácil que no de “cocodrilo”. Nuestras conversaciones por momentos no tenían sentido y lo único que hacíamos era arrancar las carcajadas de Conxi y Alvarito, “Están más para allá que para acá” exclamaban. Pero a pesar de ello y a pocos metros de la llegada, un momento de lucidez me hizo recordar que tenía que sacar la bandera tricolor con las siete estrellas verdes de mi mochila y pasar bajo el arco con orgullo llevando en mis manos la enseña tricolor identidad de la tierra que me vio nacer y que tanto amo. ¡Bendita mi tierra guanche! Cantó el Trío Acaymo desde Teno a Taganana.

A partir de ahí ya todo es fácilmente imaginable, besos, abrazos, felicitaciones, fotos, videos, canales de televisión, etc. Llamé a casa, a mis amigos que me acompañaron durante la prueba, recogí mi bolsa de “finisher”, me despedí de Juan Carlos y ya con Conxi y Alvarito me fui a su casa a tomarme un buen baño e intentar dormir. De Rocha, Javi, Arturo y Susana no tenía noticias, pero viendo la hora que era, ya los hacía en el aeropuerto de Barcelona sanos y salvos y dispuestos a tomar su vuelo de regreso a Tenerife. Yo tenía unas horas más en Andorra en las que intentaría dormir y comer, tarea bien complicada conociéndome como me conozco, por lo que con total confianza abrí la nevera de Conxi y cogí tres botellitas de juguito de cebada rico en vitaminas del complejo B que pronto hicieron su trabajo.

Un reto más me esperaba, y este no era otro que levantarme a las 3 de la mañana del lunes para coger una guagua que en unas 4 horas me llevaría al aeropuerto de Barcelona y de allí en vuelo directo a los Rodeos. Mi “incombustible” Ford Fiesta TF-1822-BB me esperaba aparcado en la explanada del antiguo Pacha ya que me niego a pagar el “impuesto” abusivo del parking del Aeropuerto. Mi “fotingo” no me defraudó y arrancó a la primera. De camino a casa paro en la Repsol de los Rodeos, que “chicha” no ha parado en esta famosa gasolinera, y me compro mi primer antojo post Andorra, un mantecado “Blanco” de Kalise y una quesadilla del Hierro. ¡Hogar dulce hogar!